Adquiriendo el lenguaje: antes de la palabra

Nacemos autodidactas. Venimos al mundo con la asombrosa capacidad de aprender el lenguaje en un período de tiempo bastante corto y, además, con la capacidad de aprender y reproducir cualquier lengua del mundo. Pero analicemos primero la adquisición del lenguaje.

Como hemos abordado en un artículo anterior, cuando un bebé llora, grita o gorjea lo hace de modo instintivo. Su propósito, por tanto, no es establecer una comunicación, sino más bien llamar la atención para satisfacer sus necesidades (función apelativa del lenguaje) Además, entrena su aparato fonador para la posterior materialización del lenguaje. Pero ¿cuándo podemos hablar de intención comunicativa?

Primero, debemos considerar que el lenguaje humano se compone de la comprensión y de la expresión activa (Cervera , 2003) Evidentemente, la comprensión precede a la expresión. Aunque es difícil evaluar si un bebé nos entiende, cuando este mantiene la mirada, cuando balbucea, sonríe, imita sonidos o agita sus manos en respuesta a estímulos comunicativos, interpretamos que nos entiende y decimos que está tratando de comunicarse con nosotros.

De hecho, mucho antes de que puedan decir sus primeras palabras, los bebés son seres intensamente sociales. Miran a los ojos a sus padres o cuidadores, son sensibles a los tonos de voces alrededor de ellos, prestan atención cuando se les habla y responden aunque sea con balbuceos. Hay evidencia de que el cerebro de los bebés contiene neuronas especializadas en la identificación de rostros humanos y las emociones reflejadas en ellos. (Gleason, 2009)

En el laboratorio del doctor Muir (Queen’s University) se realizó un interesante experimento que demostró que, a muy temprana edad, los bebés comprenden elementos esenciales de la comunicación, como son el contacto visual y la correlación de las emociones del hablante con su rostro y voz. En la primera prueba, una madre habla animadamente a su hija de cinco meses. De repente, se queda seria. Aunque la bebé intenta recuperar la atención de su madre, no lo consigue, por lo cual se impacienta y pierde interés. La comunicación se ha perdido.

En la segunda prueba, una madre habla a su bebé a través de una pantalla de televisión, inesperadamente, el rostro de la madre aparece al revés (ojos abajo y mentón arriba) El bebé es incapaz de relacionar ese extraño ser con su mamá y se frustra rápidamente. Finalmente, los bebés del estudio fueron expuestos a rostros amigables pero que, repentinamente, comienzan a hablar con voces tristes y viceversa, caras tristes con voces alegres. Los bebés notan que algo no cuadra, parecen confundidos y pierden interés.

Quizás pienses que es obvio, pero la verdad es que nadie les ha enseñado a reaccionar de determinada manera ni a esperar ser escuchados. Como si evaluaran a su interlocutor y decidieran callarse o hacer otra cosa, en lugar de perder su tiempo “hablando” con alguien que nos les presta atención.

No subestimemos, por lo tanto, el potencial comunicativo de los bebés y niños pequeños. Al contrario, estimulemos su capacidad de comprensión y expresión desde la tierna infancia.

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